2007 Sweeney Todd: El Barbero Diabólico de la calle Fleet

De NANDO SALVÁ:        

Ni olvida, ni perdona. El Barbero “Rebanacuellos” da la nota y mucho miedo en la mejor película de Burton desde Ed Wood.

 

Sweeney Todd nos invita a comulgar con los aspectos más horribles de la naturaleza humana. Pero nótese el binomio horror-humanidad: a fin de cuentas, el señor Todd llora un amor perdido, y, por eso, corta las gargantas de sus víctimas en cuanto se sientan en su silla de barbero, y entonces corre la sangre –de consistencia y color inusuales para demostrar que aquí no hablamos de gore, sino de arte-, en abundancia, a borbotones, que manan acompasados con algunas de las canciones más hermosas y perturbadoras nacidas en el seno del teatro musical y empapan así la que quizá sea la mejor película de Tim Burton desde Ed Wood. Y es tanta la conexión entre el tema, los personajes y la atmósfera de esas composiciones casi operísticas de Stephen Sondheim y la sensibilidad artística de Burton, que el musical más sangriento jamás creado bien podría haber sido escrito por el cineasta. De hecho, transpira sus obsesiones personales, protagonizadas, como este relato, por vengativos nocturnos –como Batman-, outsiders excéntricos que crean sus propias reglas, y a menudo perecen por ellas –como todos los personajes encarnados por Depp para Burton-, en un mundo en el que los muertos interactúan con los vivos –Bitelchús, La novia cadáver-.

 

Lo que pasa es que Burton nunca antes había dado tanto miedo. Sweeney Todd es, tanto como un musical, una película de terror, cruel en sus efectos y radical en su misantropía. Burton se niega a ofrecernos consuelo sentimental, porque, en este mundo grandguignolesco –matizado como su modelo por Dickens y por Brecht-, toda posibilidad de justicia ha sido reemplazada por un poder arbitrario, por un lado, y una furia justiciera demente, por otro. Y cuando el malvado y magnético Todd, vástago de Eduardo Manostijeras, enamorado de sus propios dedos metálicos, nos esputa a la cara la sangre de sus víctimas, comprendemos que es un hombre tan centrado en la muerte que ha perdido contacto con la vida, que la venganza sólo conlleva destrucción, y que esta película es, no sólo la más impactante relectura que Hollywood ha hecho de Broadway en los últimos años, sino la única que triunfa en lo musical y lo fílmico.

 

FUENTE: Revista Cinemanía. Febrero.

 

 

De JORDI COSTA        

Para amantes del original con oído tolerante

 

La idea llevaba tanto tiempo palpitando en el aire que el Sweeney Todd, de Sondheim, remezclado (o condensado) por Tim Burton más que una cinta esperada era algo casi inevitable. Como una catástrofe. O una catarsis. Aunque, finalmente, no sea ninguna de las dos cosas. Un amigo de este crítico lo sintetizó muy bien: ¿Verdad que está muy bien, a pesar de lo mal que está? Un servidor salió de la proyección fascinado, pero incapaz de discernir si el suministro de placer era atribuible a Burton o al fulgor del musical de Sondheim, que pierde aquí su elemento vertebrador (el coro posmortem de The Ballad of Sweeney Todd) y algunas de sus artistas más sórdidas, como la primera aparición de la mendiga (con su oferta venérea) o el soliloquio penitencial del juez Turpin que en su día homenajeó/plagió Alan Menken en El Jorobado de Notre Dame (1996).

 

Tim Burton en definitiva, he hecho su Sweeney Todd, con unos títulos de crédito que funcionan a la vez como autoguiño y como mensaje desencriptado: la historia del barbero asesino y la pastelera mugrienta ilustra, a su modo, la superación de la lucha de clases a través de la emulación grandguinolesca de la estructura profunda del capitalismo. No hay nada que objetar a sus apuestas de reparte, aunque el recuerdo de la teatral Angela Lansbury subraye que se ha perdido bastante humor por el camino.

 

Lo mejor: el placer que transmiten todos los implicados.

Lo peor: que, en el fondo, sea mucho menos que su modo teatral.

 

 

FUENTE: Revista Fotogramas. Febrero.

 

 

 

~ por Juliet en mayo 6, 2008.

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